Este fin de semana he reído y he llorado. He disfrutado y he sufrido. He experimentado placer y dolor. He transitado, en definitiva, por lo luminoso de los nobles sentimientos y por las frías sombras del lado oscuro del alma.

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Este fin de semana me he sumergido en el profundo océano del egoísmo. He visto con espanto una existencia humana reducida al mero intercambio mercantil. Una existencia donde unos venden su cuerpo que otros compran con dinero. Donde la amistad es un producto de temporada que se desprecia cuando hay una oferta mejor. He presenciado con horror mercantilizarlo casi todo. La compañía, la admiración, la juventud, la ayuda, la hospitalidad, todo convertido en simple moneda de cambio. Pero de entre todas, la más perversa y degenerada mercantilización es la del amor. Un amor despojado de su espíritu y vendido al peso, en onzas y granos como los metales preciosos. Un malicioso sucedáneo del auténtico amor utilizado en los mercados mundanos para manipular, explotar y por supuesto, comerciar.

El lugar donde todo esto acontece no queda lejos. No hace falta avión ni tren. Poco más que tus piernas porque ese lugar está justo ahí, al lado. En él, lo primero son las mercancías. Por el contrario, las personas, tú o yo, importamos poco o nada. En él los unos se usan a los otros, la mentira es más corriente que la palabra, la envidia y el odio corren como ríos y nadie importa a nadie. Y es que amigo, ese lugar, ese mundo, es la auténtica manifestación del infierno en la Tierra.

Pero aquí, en la Tierra, infierno y paraíso se entremezclan. Bailan una danza de colores y sabores, invisible e insípida para quien sólo sabe mirarse a sí mismo. En medio de ese vasto océano de egoísmo, también este mismo fin de semana hallé una isla, un oasis encarnado en una mirada de auténtico amor. La mirada de alguien que se sabe en la recta final de la vida, en ese corredor natural de la muerte por el que todos, en el mejor de los casos, transitaremos. Ahí, en ese sitio, a esa altura, la importancia de lo material se desvanece y deja entrever al armazón que sostiene la vida, el Amor. El auténtico Amor, con mayúsculas, un Amor sin condiciones ni recompensas, un Amor liberado del secuestro del apego.

En nuestro encuentro, que por las circunstancias bien podría ser el último, los dos lloramos a nuestra manera por el desamor, por la separación y por lo doloroso de la soledad en compañía. Ambos compartimos confidencias, como la satisfacción que nos produce el simple hecho de dar de comer a los pájaros en la terraza. Lucía un llamativo anillo dorado. Al preguntarle, todo eran recuerdos y todos los recuerdos eran de Amor. Emocionado me hablaba de su historia, ligada a la familia. Me recalcaba que eso y sólo eso es lo que verdaderamente importa.

Y si hubiera venido al caso, con él no me hubiera importado en absoluto comerciar. Sí, intercambiar mercancías, pero eso sí, con espíritu. En el comercio con alma lo primero son, somos, las personas. Es una actividad que tiene por objetivo promover y sostener la vida, convirtiendo así todo intercambio en una expresión de Amor. Si no sabes de lo que te hablo, amigo, amiga, tendrías que vivirlo.

Hasta el próximo fin de semana.

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