La de Laín para mi también es sin duda una gran historia. Pero no una gran historia de éxito, sino de ego-éxito. Una historia donde el objetivo parte del deseo de ser el número uno y termina por conseguir ser el número uno. ¿Y para qué?. Para vestir el tan anhelado traje de soy el mejor nadador.

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Sinceramente, ¿qué aporta a la vida recorrer una distancia en un milisegundo menos que el anterior?, ¿qué problema real resuelve una medalla de oro?, ¿qué ser vivo deja de sufrir o es más libre con ello?. Hablaré claro: quien se esfuerce en buscar una respuesta convincente cae en disonancia cognitiva, disonancia entre la obviedad de que tales logros no aportan nada a la vida y el deseo de ser un ganador como lo es él.

Él consiguió sobrevivir, pero nadie habla de cuántos quedaron por el camino, de cuántos se quitaron la vida porque si no lograban ser el mejor no eran nada. De ellos no se habla porque ellos son los perdedores de la carrera del ego, inmerecedores de la más mínima mención, de la más mínima muestra de amor. Para mi la historia que el vídeo de Laín cuenta es como una película donde gana el malo (el ego) y el público termina aplaudiendo.

Ganar es un objetivo vacío, un objetivo sin espíritu como lo son todos los que persigue nuestro sutil ego. Lo mejor de su historia es precisamente la claridad con la que esto queda representado. El dolor que siente cuando la enfermedad le arrebata su vestido de campeón y todo el mundo deja de interesarse por él. Laín, ¡cómo no pudiste darte cuenta entonces!. ¡Nadie te quería a ti, querían a tu personaje!. Pero no, tuvieron que pasar años para volver a vivir lo mismo, sólo que al revés. El gozo de ser importante de nuevo, de volver a ser adorado por aquellos que ni te saludaban porque amigo, ¡ya eres campeón!, y ahora y sólo ahora mereces que te amen.

Si al menos se mencionara cómo con su ímpetu consigue emocionar al público que lo sigue, cómo puede llegar a hacer vibrar con el espectáculo que ofrece o inspirar fuerza en quien la necesita para abrirse camino... Porque éste, éste sí es el lado luminoso del deporte de competición y no el resplandor del oro pulido, éste es el objetivo y la forma de amar del auténtico campeón.

Lo reconozco. Las historias de ego-éxito dejaron de inspirarme. No me conmueven ni con piano de fondo, ni con imágenes de personas llorando. No me convencen ni aunque otros mega-personajes las encumbren con épicas valoraciones antes siquiera de que me las cuenten. Y es que dejó de interesarme ahondar en el camino del tener, del construir una identidad, del llegar a ser alguien. Ahora, lo único que me interesa es amar, amar y amar, algo en lo que por cierto, aún sólo soy un mero aprendiz.