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Aún conservo algún juguete de la infancia. Para uno, conservar objetos personales antiguos es como para la sociedad conservar bienes que atestiguan su historia. Recuerdo perfectamente cómo era jugar con ellos, las emociones que surgían, sobre todo al compartirlos con amigos. Sin embargo, como sucede con todo, hubo un día que fue el último, una ocasión en la que jugué por última vez sin ser consciente de ello y que hoy sería incapaz de recordar. Ese es el día en el que pasamos de ser niños grandes a adolescentes jóvenes. Ese es el día en que morimos como niños.

Vieja grúa de juguete

La muerte del niño es como la muerte de la oruga transformada en crisálida. Habrá quien no considere esto una muerte propiamente dicha, en tanto el ser continúa aunque sea con otra forma. Pero, ¿acaso es lo mismo una oruga que una mariposa?. En la metamorfosis la transformación es tal que el ser pasa a ser otro.

Son las otras muertes. Anterior a la del niño, la del bebé inconsciente de sí mismo que acaba donde comienza un ser capaz de reconocerse ante un espejo. Posterior, la del adolescente en adulto, que no por más anunciada deja de llegar por sorpresa. Y si todo sale bien, llegamos a la muerte del adulto en anciano como la última forma de morir antes de la muerte de diccionario.

Hay una más de esas otras muertes, una que no viene asociada a cambios fisiológicos, que no está ligada a un calendario natural y que incluso hay quienes la viven y quienes no. La llaman despertar de la consciencia y sólo los que despertamos sabemos que se llama así porque a quienes no la mueren no interesa. En el cine ha sido recreada con una pastilla roja, en la literatura como un viaje. En 2010 yo la explicaba como la caída de un telón que oculta una pintura de la que antes sólo se ven partes inconexas. Puede sobrevenir desencadenada por una profunda crisis (las más) o por una dulce epifanía (las menos), de lo que no cabe duda es que, como sucede con el resto de las otras muertes, marca un antes y un después para quien la vive. Curioso eso de vivir la experiencia de morir, quizá, después de todo, eso de morir sea algo más que hacemos estando vivos, como comer o dormir.

Tras el despertar y desde afuera puede o no apreciarse el cambio, pero sin duda los ojos con los que se observa el mundo pasan a ser otros y por tanto, la experiencia de vida radicalmente diferente. Llegué por entonces a escribir “no hay nada más saludable que morir al menos una vez en la vida”, frase convertida por un tiempo en eslogan personal pocas veces comprendido, incluso en reuniones de niños muertos, me refiero, de adultos vivos.

Ken Wilber afirma en su Breve historia de todas las cosas que el nivel de consciencia promedio arrastra hacia sí a los extremos, como lo hace un péndulo que tiende al centro. Así es. Pasar el día a día inmerso en un mundo que sigue funcionando igual arrastra a vivir a la antigua, eso sí, siendo perfectamente conocedor de ello y llegando a actuar con frecuencia como un infiltrado en un manicomio, que se hace el loco para no ser tachado de loco.

Para los que despertaron, tanto si lo eligieron como si no, toca vivir desde donde se está, haciendo lo que se pueda pero haciendo, porque después de morir nada vuelve a ser como antes.